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Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica"

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CASA PUBLICADORA BRASILEIRA 

COMENTARIO DE LA LECCIÓN 

I Trimestre de 2008 
"El discipulado" 

Lección 8 

(1 6 al 23 de Febrero de 2008) 

La experiencia del discipulado 

Dr. Berndt D. Wolter 



¡Cuántas palabras, cuántas explicaciones, cuánto esfuerzo para explicar las cosas es- 
pirituales...! ¡Cuántos ejemplos han intentado describir las realidades superiores, invi- 
sibles, intangibles, pero -sin embargo- tan reales! 

Ser discípulo es una experiencia. Es algo que tú vives. 

Voy a hacer algunas comparaciones que parecen absurdas, pero que sirven para des- 
cribir lo que significa una experiencia. 

Hace algunos años, fui con algunos alumnos al Playcenter (parque de diversiones) de 
San Pablo. Con el respeto que se debía a un pastor y profesor, ellos me preguntaron si 
quería dar una vuelta en aquella montaña rusa de tres loopings... Y yo les dije que ni 
cien caballos mi iban a poder arrastrar hacia esa montaña rusa. Creía que, con esa 
declaración rimbombante, me había librado de esa "experiencia". No me gusta sentir el 
efecto de la adrenalina recorriendo mi cuerpo en situaciones como aquella. Prefiero 
mantener mis pies en el suelo y en una situación de equilibrio. 

Pero más adelante toda esa seguridad iba a cambiar. Diez alumnos me rodearon, me 
tomaron y me llevaron "gentilmente" hasta el portón de entrada de aquella montaña ru- 
sa. Pensé que podría hacer uso de mi autoridad pastoral y ordenar "Suéltenme ahora 
mismo". Pero también pensé que perdería ante ellos esa autoridad que ellos aprecian. 
Me dejé llevar hasta uno de esos trencitos. Sintiéndose victoriosos, se sentaron a mi 
alrededor para sacar fotos de mis muecas a lo largo del trayecto. 

¡Esa fue toda una experiencia] Podría filosofar sobre las montañas rusas, podría cono- 
cer y describir todos los detalles técnicos, podría fotografiarla y hasta construir una 
maqueta de una de ellas, todo esto podría ser de ayuda, pero no sería la experiencia 
propiamente dicha. El ser arrastrado por violentos virajes, ver el mundo cabeza abajo, 
sentir en el rostro el viento de la velocidad, sólo eso puede ser considerado experien- 
cia. Y lo mismo podemos decir de andar a caballo, nadar, saltar en paracaídas, etc. 

Yo puedo, y debo, conocer a Jesús en la Biblia, pero exponerse a situaciones en las 
cuales pueda experimentarlo es lo que necesita un verdadero discípulo. 

El diablo quiso desvirtuar esta experiencia, cuando tentó a Jesús diciendo: "¡Arrója- 
te...!" (comparar con Mateo 4:5, 6). Si Jesús lo hubiese hecho, no hubiera sido otra co- 



sa que presunción, ubicándose en una clase de relación que Dios nunca pensó para 
nosotros. Y cuando hablo de exponerme a situaciones en las que podamos experimen- 
tar a Jesús, no es otra cosa que aquello que ocurrió con sus discípulos. Ellos lo siguie- 
ron. Dejaron atrás todo aquello que los podía separa de su intento de descubrir su di- 
vinidad, y lo siguieron. 

Me imagino a Pedro continuando con su trabajo de pescador por el resto de su vida. 
¿Cómo habría sido su vida? Tal vez hubiera sido un hombre honrado, dedicado a su 
familia. ¿Y qué más? El no habría sido amargamente decepcionado por la dolorosa 
experiencia de ser confrontado con los abismos de sus propias contradicciones, en 
ocasión de negar a Cristo; no habría sido confrontado con aquella Mirada de Cristo a 
la orilla del mar, ni habría escuchado aquellas palabras "¿Me amas...?". Nunca habría 
sido crucificado cabeza abajo (como lo refiere la tradición), ni tampoco habría vivido 
una vida intensa, llena de experiencias con el Señor, en vida, ni con el Señor resucita- 
do, ya ausente físicamente. 



El Pan de Vida 

Cuando Jesús quiso explicarles esto a los fariseos, se comparó al maná que le había 
sido dado al pueblo en el desierto. Con este tema ellos estaban familiarizados. Pero 
cuando Jesús dijo que Él era el Pan que había venido del cielo (Juan 6:50), los farise- 
os reaccionaron. Notemos cómo Elena de White comenta esta situación: 

"Entonces los rabinos exclamaron airadamente: "¿Cómo puede éste darnos su carne a 
comer?" Afectaron comprender sus palabras en el mismo sentido literal que Nicodemo 
cuando preguntó: "¿Cómo puede el hombre nacer siendo viejo?" (Juan 3:4). Hasta 
cierto punto comprendían lo que Jesús quería decir, pero no querían reconocerlo. Tor- 
ciendo sus palabras, esperaban crear prejuicios contra él en la gente. Cristo no sua- 
vizó su representación simbólica. Reiteró la verdad con lenguaje aun más fuerte: "De 
cierto, de cierto os digo: Si no comiereis la carne del Hijo del hombre, y bebiereis su 
sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vi- 
da eterna: y yo le resucitaré en el día postrero. Porque mi carne es verdadera comida, 
y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí per- 
manece, y yo en él" [El Deseado de todas las gentes, p. 353]. El resto de esta cita está 
en el folleto de la lección. 

Parece entonces que necesitamos experimentar la carne y la sangre de Jesús como 
alimento vivificante en nuestra vida espiritual. Una experiencia que no excluye la Pala- 
bra, nos hace uno con ella. Esta experiencia personal pasa a ser un complemento vivo 
de la Palabra. Es allí cuando la Palabra se hace carne (Juan 1:14). Participamos, en 
una ínfima fracción, de la propia naturaleza de Cristo, cuando la Palabra se convierte 
en experiencia, vivida junto a Cristo. 

Somos un pueblo de depende de manuales de procedimientos. Tenemos instructivos 
para todo. Tenemos reglas y leyes. Somos entonces el pueblo de la seguridad. Siem- 
pre queremos transitar sobre terreno seguro, protegernos. Básicamente, esta actitud 
no está mal, y no hay nada de malo en los manuales que facilitan los procedimientos y 
que son el vehículo del pensamiento de la sabiduría acumulado que hermanos nues- 
tros de todas partes del mundo adquirieron en consejo mutuo. 



Pero si esta seguridad nos roba la audacia de atreverse a caminar por fe, de hacer co- 
sas por fe, de divagar en proyectos más que en convicciones adquiridas en ayuno y 
oración como los que Cristo inequívocamente pidió, entonces estamos en los límites 
del farisaísmo moderno. 

¿Qué piensas de esta cita, relacionada con la más pura y verdadera experiencia con 
Dios, recomendada por su mensajera para nuestro tiempo? "En todos los que reciben 
la preparación divina, debe revelarse una vida que no está en armonía con el mundo, 
sus costumbres o prácticas; y cada uno necesita tener experiencia personal en cuanto 
a obtener el conocimiento de la voluntad de Dios. Debemos oírle individualmente 
hablarnos al corazón. Cuando todas las demás voces quedan acalladas, y en la quie- 
tud esperamos delante de Él, el silencio del alma hace más distinta la voz de Dios. Nos 
invita: 'Estad quietos, y conoced que yo soy Dios' (Salmo 46:10). Solamente allí puede 
encontrarse verdadero descanso. Y ésta es la preparación eficaz para todo trabajo que 
se haya de realizar para Dios. Entre la muchedumbre apresurada y el recargo de las 
actividades de la vida, el alma que es así refrigerada quedará rodeada de una atmós- 
fera de luz y paz. La vida respirará fragancia, y revelará un poder divino que alcanzará 
a los corazones humanos" [El Deseado de todas las gentes, p. 331 ; énfasis añadido]. 

¿Ya has escuchado la voz de Dios? ¿Has sido dirigido/a por Él en algún momento de 
necesidad o mientras le servías? 

Pablo escuchó la voz de Dios (que iba más allá de una mera revelación profética en re- 
lación a su ministerio) y cambió el rumbo de su vida emprendiendo cosas que él mismo 
reconoció que eran locura a los ojos humanos. Noé construyó un arca en seco en una 
época en la que todavía no había llovido jamás, porque escuchó la voz de Dios. 
Abrahán oyó la voz divina pidiéndole que se dirigiera a una tierra que El le mostraría 
en un futuro, y él fue. 

Espero que nuestra experiencia no desemboque en el mismo punto que mereció la re- 
prensión de Jesús a hombres que habían transitado los mismos pasos que estamos 
transitando hoy: "¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros 
siempre resistís al Espíritu Santo..." (Hechos 7:51). 



Los niños y el discipulado 

Me gusta reflexionar en esta afirmación de Jesús: "Os aseguro que si no os cambiáis y 
os volvéis como niños, jamás entraréis en el reino de los cielos" (Mateo 18:3) com- 
parándola la actitud de los adultos con la de los niños. Y quiero comparar estos dos 
grupos en tres áreas definidas: a) ante la reprensión; b) ante el dolor; y c) ante la alegr- 



Es casi una constante el hecho de que un adulto, cuando es reprendido, ge- 
neralmente todavía está luchando con el dolor y la culpa de la transgresión y 
no permite que nadie entre en su vida en ese momento. Avergonzado, cierra 
su corazón y rechaza la reprensión y la corrección. Sintiéndose heridos, pro- 
curan salidas solitarias que muchas veces conducen a decisiones aún peores. 
Los niños, a su vez, lloran; y en verdad tampoco les gusta la corrección, pero 



quieren hacer lo correcto. Luego de algún tiempo o, en muchas oportunidades 
casi al mismo tiempo, todavía llorando, logran proponerse mejorar su compor- 
tamiento. Abren su corazón y no quieren arriesgarse a la posibilidad de herir a 
su padre o madre. 

b) Cuando los adultos resultan heridos en sus relaciones, ya sea por una actitud 
pecaminosa o por una pérdida que han sufrido, tienden a esconder sus lágri- 
mas y creen que pueden resolver el problema solos. Cultivan el sentimiento 
del dolor, la pérdida y la soledad. Los niños, en cambio, corren hacia sus pa- 
dres en búsqueda de consuelo, creyendo que no pueden resolver nada solos. 
Se sientan en su regazo hasta recuperar las energías suficientes como para 
continuar con su vida. 

c) Un adulto que experimenta motivos para estar alegre, si él no se lo guarda pa- 
ra sí mismo por miedo a caer en el ridículo, organiza la expresión de felicidad 
de tal modo que ella pierde toda espontaneidad. Los niños comparten sin re- 
celos toda su felicidad, expresándola en toda su plenitud y espontaneidad 
momentánea. 

Es interesante el hecho de que un niño se exprese de una manera tan diferente a la de 
un adulto. Parece que el hecho de expresar sus sentimientos con confianza y humildad 
lo vamos perdiendo a lo largo de la vida. 



La Transfiguración y el fracaso 

A cada discípulo, Dios le da experiencias diferentes. Esto aporta un hermoso colorido 
cuando los integrantes de la comunidad de fe dan testimonio en conjunto de las mara- 
villas de las experiencias vividas con Dios. 

Debido a que determinadas experiencias muchas veces han sido contadas y enfatiza- 
das desde el pulpito, muchos piensan que su experiencia con Dios es genuina única- 
mente si es como aquellas de las cuales ha oído. El énfasis, en determinadas oportu- 
nidades, de los que cuentan esos testimonios es colocado sobre el aspecto mágico y 
sobrenatural de la experiencia de alguien. 

Desgraciadamente, nos comparamos con aquellas clases de experiencias significati- 
vas, sobrenaturales, por las cuales Dios actuó de manera extraordinaria, y la conside- 
ramos un patrón, pasando a no aceptar a ninguna que estén en un nivel inferior a las 
que fueron relatadas. 

Esta expectativa exagerada genera frustraciones desmedidas. Y esta medida está 
construida sobre un entendimiento orientado a la uniformidad de la experiencia cristia- 
na. No hay uniformidad en la experiencia con Dios. Yo ni siquiera he experimentado 
dos veces la misma experiencia en mi vida. 

Lee las historias de la Biblia. ¿Fue la experiencia de David frente a Goliat la misma que 
la de Moisés? ¿Y la de Abrahán fue la misma que la de Pedro? 



Cuando leemos el relato de aquellos discípulos en el monte de la Transfiguración, ve- 
mos el contraste entre la gloria en la cima del monte que envolvía a aquellos que hab- 
ían ascendido a la propia atmósfera celestial, y el fracaso arruinando la experiencia de 
los otros discípulos al pie del cerro. 

Cada uno es guiado por Dios a través de experiencias de un modo tal que una fórmula 
siempre se cumple. Pasaremos por experiencias que vinculen un mayor aprendizaje 
para nosotros, y que nuestra presencia sea una mayor bendición. 

Hay algunas personas envidiosas que tienen celos de algún cargo, posición o ministe- 
rio. El verdadero discípulo aprende todo lo posible y lo transmite. 



El discurso del Monte de los Olivos 

En rigor de verdad, en este sermón, Jesús pone una mano sobre nuestro hombro y 
hace levantar nuestra mirada hacia aquello que está más allá de las circunstancias 
comunes. 

Él nos estimula a mirar más allá de las camas de los hospitales y las tumbas de los 
cementerios. El quiere que miremos más allá de las pérdidas y las alegrías cotidianas. 
El quiere que fijemos la vista en el Salvador venidero. Jesús no estaba predicando es- 
trictamente acerca del fin del mundo, y tampoco deberíamos hacerlo nosotros. Jesús 
estaba predicando acerca del encuentro maravilloso que anhela tener con sus hijos 
cuando el actual estado de cosas ya no tenga más como sostenerse. Jesús quiere que 
alcemos nuestra mirada y nos entreguemos a Él, que será la solución definitiva para el 
dolor y el sufrimiento, para la muerte, para la injusticia y para la falta de amor. 

Para que estemos con la frente levantada, con coraje y sin temor, Jesús nos advierte 
acerca de aquello que nos espera más adelante. Esto es liderazgo espiritual. El líder 
sabe lo que va a suceder y prepara a todos para que enfrenten las experiencias veni- 
deras con certeza y confianza. 

Llevar la cruz 

Cuando Jesús le preguntó a sus discípulos qué era lo que pensaban los demás acerca 
de quién era Él, y después que dieran su propia opinión, lo que él quería era confron- 
tarlos con el hecho de que las personas prefieren confeccionar "Jesuses" según sus 
propias preferencias. Seguir a un Jesús de confección casera, como diríamos noso- 
tros, "hecho a la medida", es muy fácil. Genero las ideas, le doy énfasis a aquello que 
me interesa, y me considero un cristiano. 

Muchos opinan que hay muchas religiones cristianas debido a que cada uno ve una 
parte de la verdad, y reuniendo las de todos llegamos a la plenitud... Muy ecuménico, 
¿no crees? Creo honestamente que hay tantas facciones entre los cristianos porque, 
como seres humanos que somos, escogemos aquello que más nos llama la atención y 
le es más cómodo. Algunos llegan al punto de resaltar sólo aquello que les interesa, 
actuando de una manera deliberadamente selectiva. 



Estimulo a cada hermano y hermana que está leyendo este comentario a empeñarse a 
conocer a Dios en toda su revelación. Domina cuanto puedas el criterio de "así lo dice 
el Señor" y no permitas que ninguna experiencia, por más distintiva que sea, te aparte 
de esta verdad. No construyas un Jesús a medida para deleitarte en El. 

Hay una instancia que Jesús recalca: "Quien quiere ser mi discípulo necesita pasar por 
la cruz". No para decir apenas un "Hola", y seguir camino. ¡No! Jesús dice: "Si alguien 
quiere venir en pos de mí, niegúese a sí mismo, temo su cruz, y sígame" (Mateo 
1 6:24). Aquél que continúa con una actitud de recelo hacia lo que pudiera pasar con su 
vida si se entrega completamente a Cristo, no es digno de Él. 

Realmente creo que la propuesta de Cristo es mucho más completa, más integral, e 
involucra mucho más que asistir una o dos veces por semana a la iglesia y cumplir con 
algunos requisitos en casa... Involucra todo el corazón (Jeremías 29:13); todo tu ser 
(Marcos 12:30, 31). El desea todo, tu cuerpo, mente, sentimientos, posesiones, planes, 
seres queridos, para bendecirte plenamente y desafiarte a un constante crecimiento. 

Dr. Berndt D. Wolter 

Profesor de Misiología 

Univ. Adventista de San Pablo - Campus 2 

Traducción: Rolando D. Chuquimia 



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